Por Martín Fernández Paz
Buenos Aires
La casa de la abuela quedaba justo enfrente del Parque de la Independencia, el pulmón verde de Rosario donde respira la cancha de Newell's Old Boys. En una columna escrita en el diario Clarín, Rafael Bielsa recordó que cada tarde, al llegar del colegio, encontraba allí a su hermano menor pateando una pelota con los obreros que construían el Nuevo Palacio de Tribunales, siempre vistiendo “su camiseta rojinegra de piqué triple hilado”. Su hermano, claro, es Marcelo Alberto Bielsa. Y aquella imagen de la infancia persistió con el correr de los años.
Rafael siguió el mandato familiar: estudió abogacía como su padre, Rafael Pedro Bielsa, y el padre de su padre, llamado… Rafael Bielsa: en homenaje a esta respetada personalidad del ámbito jurídico, la sala principal de aquellos Tribunales lleva su nombre. Y su hermana, María Eugenia, se inclinó por la arquitectura.
Pero Marcelo no: desde niño supo que su lugar estaba en la vereda de enfrente, en el Parque, con el balón en sus pies. “La mía es una familia de profesionales y, sin embargo, nunca se opusieron a mi vocación. Quise ser jugador de fútbol. Y lo fui”, contó Marcelo alguna vez en la revista El Gráfico. Para eso, a los 13 años hizo una prueba en el club de sus amores como volante derecho, el puesto que ocupaba en los picados con sus amigos del barrio. Y la superó. Por esa época al alumno del Colegio Sagrado Corazón de Rosario nadie lo llamaba Loco; Bielsa era el Cabezón.
Ya afianzado como jugador en las Divisiones Inferiores de Newell's, Bielsa mantuvo una fuerte discusión con su papá. Y tomó una severa determinación: irse de aquel hogar sólido, tradicional y de buen pasar económico, en el cual las criadas lo llamaban “niño Marcelo". Caminó un par de cuadras hasta la pensión del club, adonde se alojaban las jóvenes promesas que provenían de distintos puntos de la Argentina, y pidió hospedaje. Le abrieron las puertas enseguida, pero se las cerraron dos días más tarde cuando se negó, enfáticamente, a que su moto quedara estacionada afuera de su habitación y no allí, al lado de su cama…
En 1974 Bielsa viajó a Chile por primera vez: formó parte de la Selección Argentina que disputó el Campeonato Sudamericano Juvenil (hoy denominado Sub 20). Su convocatoria se dio casi por accidente, ya que una tercera parte de los futbolistas argentinos que habían viajado debieron regresar al país por superar el límite de edad. La AFA le pidió a Newell’s que armara de urgencia un nuevo combinado, y allí se sumó este recio zaguero bastante lento pero de cierta técnica. Bielsa no disputó un solo encuentro, pero su aporte en cada entrenamiento y hasta en la tribuna fue reconocido por todos sus compañeros.
En 1976 viajó a Recife, Brasil, para representar a la albiceleste en el Torneo Preolímpico, dirigido por César Luis Menotti, y su suerte fue bien distinta: la prensa local lo distinguió como uno de los mejores defensores del torneo. Días después, aquel chiquilín que pateaba un balón con los albañiles portando su camiseta rojinegra de piqué, cumplió su sueño: debutó en la Primera de Newell’s Old Boys.
Su padre, curiosamente, nunca fue a la cancha para verlo con los pantaloncitos de futbolista primero, y con el buzo de director técnico después. ¿No le perdonó que eligiera la pelota antes que los libros de leyes? Nada de eso. A Don Rafael no le apasiona el fútbol como a su hijo menor. Y además es hincha de Central, el clásico rival de La Lepra…
En el primer equipo de Newell’s Bielsa jugó tres encuentros y no logró afianzarse. Pasó a Instituto, de la provincia de Córdoba, y al año regresó a Rosario para sumarse a las filas de Argentino, club que militaba en la tercera categoría del fútbol nacional. Y entonces, el niño Marcelo recordó las enseñanzas de su madre...
Para Doña Lida Silvia Rosa Caldera la paleta de colores no contiene los grises: en la vida, uno debe buscar la excelencia brindándose al máximo, sin escatimar esfuerzo alguno. Eso mismo les transmitió a sus tres hijos con pequeñas lecciones cotidianas. A los varones, por caso, les compraba El Gráfico –que contaba las hazañas de sus ídolos- pero sólo podían leerla si habían cumplido con sus tareas escolares, demostrando un comportamiento intachable. Y Marcelo, aprendió. “La influencia de mi madre fue fundamental”, reconoce. Porque al entender que sería un futbolista del montón, casi uno más, Bielsa tomó una de aquellas decisiones tan suyas que, en la óptica de otros, suenan a locura: abandonó su incipiente carrera cuando ni siquiera había cumplido los 25 años.
El Loco debió reinventarse. Desechó la carrera de Agronomía tras rendir una sola materia, y se anotó en la carrera de Educación Física pero sin la intención de ejercerse la docencia, sino para comprender de qué manera responde el cuerpo humano al rigor de la alta competencia. Es que si no podía defender los colores de su amado Newell’s desde el campo de juego, ¿por qué no hacerlo al otro lado de la línea de cal? Para ello dejó atrás su Rosario natal y se mudó a Capital Federal.
Al tiempo que alquilaba casas que, luego de remodelarlas, las hacía funcionar como pensiones, realizó su primera experiencia como DT en la Universidad de Buenos Aires, poniéndose al frente de un equipo amateur al que entrenó con conceptos y metodologías del deporte profesional. Su siguiente paso fue cumplir el curso de técnico. El fútbol, que tanto lo desvelaba, pasó a ser el objeto de estudio en su camino hacia la excelencia: Bielsa quería convertirse en uno de los mejores directores técnicos. Y en pos a ese ideal, no escatimó esfuerzo alguno…
Entre tanto, Marcelo conoció a su mujer, Laura Bracalenti, compañera de estudios de su hermana. Ella fue, a partir de allí, su gran puntal. Tras noviar durante un tiempo largo, y cuando ya había pasado el umbral de los treinta años, se casó. Con Laura tuvo a sus dos hijas, Inés y Mercedes.
Sueño cumplido
A mediados de los '90 Bielsa cumplió el sueño que tuvo de grande: dirigir la Primera División de Newell’s, y con 35 años recién cumplidos. Se consagró campeón en el primer torneo que disputó, el Apertura de aquel año, en una definición apasionante. El equipo rosarino jugó en Capital Federal contra San Lorenzo, a la vez que su seguidor, River Plate, debió medirse de local con Vélez. Los partidos arrancaron al mismo tiempo, pero el de Newell’s terminó antes: el empate en un gol obligó a prestarle atención al otro cotejo, ya que River daría la vuelta si ganaba.
Los jugadores se acercaron al banco de suplentes para seguir la trasmisión por radio; los hinchas se pasaban de boca en boca las novedades acontecidas en el Monumental. ¿Y Bielsa? Sin que nadie lo notara se fue del estadio para caminar, en soledad, por las calles desiertas de los alrededores, en el barrio de Caballito. El estruendo de las tribunas lo hizo regresar y acabó con sus nervios: Vélez había convertido el gol de la victoria y los jugadores leprosos ya iniciaban, a puro cántico, la vuelta tan esperada. El Loco, en andas, le pidió la camiseta a uno de sus dirigidos. Y aferrándola con pasión lanzó su grito visceral -“¡Newell’s carajo!”- que hoy es el grito de guerra de todos los hinchas leprosos.
Dos años después, y tras ganarle una final a Boca en La Bombonera, conseguir un nuevo título, y alcanzar una final de la Copa Libertadores, Bielsa se fue del club siendo ya un ídolo. Luego de desechar varias ofertas, como una de la Universidad Católica de Chile, continuó su carrera en México. Y quince años más tarde, justo un día 22 (sí, “el loco” en los números de la lotería), el estadio que respira en el Parque de la Independencia pasó a llamarse Marcelo Bielsa (ver recuadro). El mismo homenaje que distinguió al abuelo recibió en Tribunales, el nieto lo recibirá en el lugar que le corresponde.
En su momento, Marcelo explicó que dejó la dirección técnica de Newell’s para “moderar el rasgo”; esto es -en lenguaje bielsístico- aminorar la locura. Pero… Bielsa no está loco. Nada de eso. Parafraseando al también rosarino Roberto Fontanarrosa, lo que sucede es que “el mundo ha vivido equivocado”. |
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"El Profe" en La Roja |
Por Mariana Madariaga
En Chile se le quiere y respeta a Marcelo Bielsa. Desde su debut en la banca de La Roja, el 7 de septiembre del 2007 ante Suiza, en Viena, todo cambió. Pese a que la selección nacional ese día perdió 2-1, la manera en que la selección se paró en la cancha hizo soñar en grande.
Poco a poco el apodo de "Loco" pasó al olvido: los chilenos prefirieron llamarle "Profe". Los pocos que quisieron criticarlo, se tuvieron que quedar callados.
Bielsa también comenzó a percibir el cariño de la gente. Lentamente se dio con los chilenos y comenzó a mostrar su sentido del humor, incluso con la prensa. También se atrevió a piropear el trabajo de la Presidenta Michelle Bachelet, a quien recibió en Juan Pinto Durán tras la clasificación al mundial.
Siempre respetuoso, metódico y poco farandulero: sello que impuso en sus propios jugadores quienes se alejaron de las discoteques y de las modelos cazafutbolistas. Y el que no le hizo caso y quiso hacerle leso, pagó caro la desobediencia.
Su mérito más grande fue el hacer llorar a los chilenos...pero de alegría. Tras una exitosa campaña, clasificó a La Roja al Mundial de Sudáfrica, colocó a la selección en un soñado segundo lugar de la tabla y lució al equipo jugando en canchas extranjeras.
Bielsa se convirtió en un ídolo nacional y fue invitado a dar charlas a universidades. Incluso, unos diputados quisieron darle la nacionalidad por gracia y sus fans lo querían como candidato a La Moneda. Otros, más osados, lo querían santificar. Y hoy, a meses de que termine su contrato, tras el mundial, los chilenos temen que se vaya para siempre. |

El Profe celebró la clasificación de Chile al mundial. |
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Foto: Revista El Gráfico.
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Golpe bajo: Su renuncia a la selección Argentina
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M.F.
Bielsa renovó su contrato al frente de la Selección Argentina pese a la contundente derrota en el Mundial 2002. La decisión provocó una gran sorpresa en los periodistas que más lo criticaron. Fueron los mismos -y no es casualidad- que lo habían alabado en su impecable gestión previa a la competencia.
Tal vez inspirados en el clamor popular en contra de los políticos ("¡Que se vayan todos!", se escuchaba en la calle durante la crisis social de 2001), hasta se abrieron distintos sitios en Internet donde se pedía la renuncia inmediata del Loco, como bielsafracasado.blogspot.com, que todavía está en línea y ahora le destacan el haber clasificado a Chile a Sudáfrica.
Marcelo les hizo caso… pero recién en 2004, luego de haber ganado la primera medalla olímpica del fútbol argentino, en Atenas, y dejar a la albiceleste en el primer lugar en las Eliminatorias para el Mundial 2006.
Ahora, con la Selección nuevamente cuestionada (esta vez, bajo la conducción de Diego Maradona), a Bielsa se lo extraña como nunca antes. Y los mismos periodistas que lo repudiaron son los primeros en elogiarlo. No es casualidad.
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Nace un cazatalentos |
M.F.
En Rosario, Bielsa se sumó a las Divisiones Inferiores de Newell’s, que eran comandadas por su gran maestro, Jorge Bernardo Griffa. Su función: cazatalentos. Así, su zona de trabajo pasó de los 9000 m2 que puede ocupar un campo de juego a unos… ¡2.800.000 km2! Porque buscó promesas del balón a lo largo y a lo ancho de toda la Argentina, recorriendo cada ciudad, cada pueblo, cada rincón en su viejo Fiat 147.
Lo hizo a lo Bielsa: de manera planificada. Para eso dividió el país en setenta partes, colocando a un representante en cada una, y supervisando él mismo todo el trabajo. ¿Qué cantidad de chicos vio jugar? No hay modo de saberlo. Pero su aporte fue muy importante para el equipo que salió campeón del fútbol argentino en 1988: todos sus jugadores provenían de las Divisiones Inferiores, y varios había sido divisados por el ojo clínico del Loco.
Una noche llegó a oídos de Bielsa que un muchacho de grandes condiciones, oriundo de Murphy -un pequeño pueblo de Santa Fe-, se sumaría al día siguiente a los equipos menores de Central. Junto a Griffa, el Loco viajó hasta allí para golpear las puertas de la humilde casa a las tres de la mañana. Tanto le costó convencer a los padres del chico que lo dejaran pasar a tomar un café -¡¡a esa hora!!-, como persuadirlos para que cambiaran de idea y fichara en Newell’s. Lo logró, claro. Hoy, aquel adolescente que grabó a fuego su nombre entre las glorias del club rojinegro es el técnico del Espanyol de Barcelona. Se llama Mauricio Pochettino. |
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